domingo, 10 de mayo de 2015

ÉRASE UNA VEZ UN NIÑO - 1ª Entrega

«Érase una vez… un niño…»


Mi abuelo Pepe con gorra, cayada y blusa, y yo en el triciclo (Fantasía)

GUILLERMO MARTÍN RODRÍGUEZ


«Érase una vez… un niño…»


            Mira tú por dónde, este cuento -que en realidad no es tal sino una historia de verdad, mi historia- empieza de la misma manera que los cuentos que nos contaba mi madre o mi tía Magdalena en las largas noches de invierno, en la cocina, al amor de la lumbre, o sentados al brasero, alrededor de la mesa camilla con las piernas bajo las faldillas, en la salilla de mi casa. Los que nos contaba mi abuelo no empezaban así, pues no eran cuentos, sino cosas, sucesos que le habían ocurrido a él –decía-  y de los que era protagonista indiscutible. Sus historias solían empezar de esta otra manera: “Iba  yo una vez con mi padre…”; o “Estaba yo una vez en Hervás, trabajando con mi cuñao ‘Chaúra’ en la construcción del ferrocarril…”; o, por poner otro ejemplo: “Una noche, cuando estábamos en la dehesa de Monfragüe…, ¡coño!, aquello sí que fue…, entre el perro y el gato…, “¡zape! ¡chucho!”, el uno por el otro… nosotros sin cena esa noche… ná menos que Nochebuena que era…”. El ser protagonista de sus propias aventuras, claro, hacía que mi abuelo las empezara “ad libitum”, como decían los latinos, es decir, como  mejor le parecía en cada momento, libremente, sin atenerse a regla alguna.

            Quiero aclarar, una vez más, que el nombre de mi abuelo no era Pepe, sino Felipe. El nombre Pepe pertenecía a su padre, mi bisabuelo, que se llamaba José y al que todos en el pueblo llamaban Pepe  o Pepito.  Y mi abuelo, que era conocido en el pueblo como “Felipe el de tío Pepe o tío Pepito”, a la muerte de su padre, la gente empezó a juntar los dos nombres y le llamaban “Felipe Pepito”. Poco a poco le fueron quitando su nombre para llamarle solamente Pepito o Pepe, nombre familiar y afectuoso con el que llamaban a su padre. Sus descendientes hemos recibido de él el apodo de Pepitos, que seguimos llevando con honra y orgullo y transmitimos a nuestros hijos, con no menor orgullo y honra.  
           
A mi abuelo le fue puesto el nombre de Felipe porque nació precisamente el día de San Felipe Neri, santo florentino del siglo XVI, conocido como el Apóstol de Roma, donde murió el 26 de mayo de 1595, día en que nació mi abuelo, sólo que con una diferencia de 273 años, ya que mi abuelo vio la luz ese mismo día, sí, pero del año 1868. Era una costumbre muy arraigada en nuestros pueblos del Aravalle  y, tengo entendido que también de otras comarcas de España, el poner a los niños y niñas, al bautizarlos, el nombre del santo o de la santa del día en que habían nacido. En el fondo se trataba de ponerles bajo su protección y amparo.

            Y hablando de bautizo de niños, no puedo evitar el caer en la tentación de referir algo que, en una ocasión, me contó mi tío Tomás, hijo de mi abuelo Pepe y hermano de mi madre, carnicero también como su padre, a propósito de algo gracioso que ocurrió en su propio bautismo. Me refirió que su padrino fue un amigo de su padre y su esposa. Como él, se dedicaba a la compra-venta de ganado menor, y pasaba los inviernos en alguna dehesa de Extremadura, donde llevaba, como mi abuelo, las ovejas y las cabras en transhumancia. Sus relaciones sociales eran más bien escasas, pues pasaba la mayor parte de su tiempo pastoreando su ganado. Era muy buena persona y su amistad con mi abuelo era profunda. Su cultura, al parecer, era más bien escasa.

Pues bien, llegados a la Iglesia, ya delante de la pila del bautismo, el sacerdote le preguntó si el bautizando era niño o niña. Pero en aquel entonces la fórmula con la que se hacía la pregunta -yo también la he oído todavía siendo monaguillo en el pueblo- era la siguiente: “¿Qué traéis a bautizar, infante o infanta?”  El padrino de mi tío, ni corto ni perezoso y, sin dudar un momento, respondió de esta manera: “Ni es infante ni es infanta, que es un zagal de mi compare Felipe que venimos a bautizarlo”. El sacerdote se unió a las risas que suscitó la respuesta del padrino en todos los asistentes a la ceremonia. A una señal del párroco, todos volvieron al silencio respetuoso que el bautisterio, como lugar sagrado, exigía, continuando la ceremonia del bautismo.

            Mi tío Tomás me dijo que se lo refirió su madre, a quien se lo había contado, desternillándose de risa, su cuñada Emilia, hermana de mi abuelo, que estaba presente en el bautizo. Claro, no hay que olvidar que tía Emilia, que era la más pequeña de las hermanas de mi abuelo, tendría entonces unos 25 años, más o menos, y estaba presente en el bautizo de su sobrino, como lo había estado antes en los bautizos de mi tío Guillermo y de mi tío Paco y luego de mi tía Magdalena, que era la más pequeña de los cuatro; y después en los de mi madre y de mi tía Carmen, que eran hijas de la segunda mujer de mi abuelo, de la que hablaremos a continuación. Yo también he tenido ocasión de conocer a tía Emilia, que estaba casdada en Plasencia y tenía un hijo, Manolo, que estuvo en la guerra y siguió luego en el ejército, llegando al grado de capitán.

            Mi tío Tomás nació en el año 1900. Él mismo solía decir: “Averiguar mi edad es bien fácil, pues yo nací con el siglo”. Pasados los años conocería yo a otra persona, para mí muy significativa, que había nacido también en el año 1900. Se trataba de Don Alfonso Querejazu Urriolagoitia, que fue profesor mío de Historia de la filosofía y de Historia de la Cultura en el Seminario Mayor de Ávila. De él he tenido ocasión de hablar más ampliamente en uno de mis escritos, titulado «Esperando al autobús – meditación con devaneos y divagaciones»*.
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*A vuela pluma - 3. Puede leerse en mi blog: www.martindelrioaravalle.blogspot.com
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            La primera esposa de mi abuelo Felipe, y digo ‘esposa’, no mi abuela, porque, como diré ahora, no lo era, se llamaba Teresa Martín González, como mi abuelo paterno, cuyo nombre era Pedro Martín González. Los dos eran hermanos. Como se ve, mi abuelo Felipe se casó en primeras nupcias con una hermana de mi abuelo Pedro. De ella nacieron, como he indicado más arriba, mis tíos Guillermo, Paco, Tomás y Magdalena y algunos hijos más que no sobrevivieron.
           
            Fallecida su primera esposa, mi abuelo se casó de nuevo, en segundas nupcias, con una mujer de Gil García llamada María Méndez Redondo, de la que nacieron mi madre, Justa, y mi tía Carmen. Esto quiere decir que los hijos de mi abuelo, tenidos con su primera esposa son hermanos de padre de las dos hijas tenidas con la segunda. Los de la primera mujer son, por lo tanto, primos hermanos de los hijos de mi abuelo Pedro, es decir, de mis tíos Antonio, Inocencio, Obdulia y de mi padre, Esteban. Siendo mi madre hija de la segunda mujer de mi abuelo Felipe, no era prima hermana de mi padre. Por eso se pudieron casar sin tener que recurrir a ningún tipo de dispensa matrimonial pues no eran parientes, ni siquiera lejanos, ya que no tienen ningún tronco común para que se produjera parentesco por consanguinidad ni tampoco por afinidad.
            Y ya que de bautismo o bautizo estamos hablando, quisiera distinguir ambos vocablos pues no se puede decir que sean sinónimos, como algunos pretenden. Se refieren, ciertamente, a una misma realidad, a un mismo concepto y a un mismo acto pero desde perspectivas bien diversas, aunque paralelos y complementarios, no pudiéndose dar el uno sin el otro. Pero no se puede usar una palabra en lugar de la otra pretendiendo usarla como equivalente o sinónima.

            Cuando se usa la palabra bautismo nos estamos refiriendo al sacramento, que se concreta en el acto del bautizo, es decir, en la acción de bautizar, acto a través del cual el bautizando recibe el bautismo, el primero de los siete sacramentos de la Iglesia Católica. Y es el primero de los tres Sacramentos llamados de la Iniciación Cristiana. Los otros dos son la Confirmación y la Eucaristía.

Por otro lado, conviene tener presente que en los documentos del Magisterio  de la Iglesia, del Magisterio Pontificio y en los textos teológicos, morales y en el Derecho Canónico no aparece nunca la palabra bautizo. Es más, tampoco se encuentra en otras lenguas romances, románicas o neolatinas, como el francés, el portugués, el italiano… en los que la palabra usada es la equivalente a la española bautismo, derivada a su vez del latín baptismus (verbo baptizare).
 
      Pero, volviendo a nuestro tema, para mí tengo que es bonito contar la propia biografía, aunque no se trate de una historia extraordinaria, excepcional, pero sí real y no ficticia, como lo es un cuento. Eso quiere decir que se ha vivido con alegría, con satisfacción, con optimismo, aunque, en ocasiones, se haya tenido que hacer buen acopio de resignación y hasta de sacrificio. Pero, en definitiva, como decía el famoso  y gran comunicador arzobispo norteamericano Mons.Fulton Sheen, “La vi-da merece la pena vivirla”. Y “vale la pena contarla”, añado yo.

  Por otro lado, el momento histórico en que tuvo lugar mi nacimiento lo exige, ya que aconteció precisamente año y medio después de que empezara la guerra civil española (1936-1939) y casi año y medio antes de que terminara, mes arriba o mes abajo. Sucedió, en concreto,el 21 de marzo de 1938.Lo destacado de esta década de los 30 fue que ocurrieron cosas de gran transcendencia para nuestro País.Claudio Sánchez Albornoz subrayaba con especial énfasis  que  los  españoles  trataron  de  hacer  en  diez  años  tres revoluciones  –religiosa, política y social- que otros  países han  tenido que  hacer en siglos, con Cromwell, Robespierre y Stalin como héroes.

 Sánchez  Albornoz –que  nunca  negó  su  pertenencia  a  una «tercera España», hostil a las otras dos y que, sin embargo por coherencia «liberal», aceptó ser presidente de la República en el exilio- ante la tendencia dominante de «no pensemos más en la guerra; aquello fue una triste aberración», poco antes de morir, lanzó una especie de grito de alarma: «No olvidemos la guerra civil». De hecho, conocerla bien es entenderla. Y eso ayuda a ahuyentar su fantasma con todos sus efectos colaterales, que no son pocos.Pero, en realidad, ¿llegaron a producirse estas tres revoluciones? No cabe duda que la conmoción que experimentó la sociedad española en este convulso momento histórico fue enorme. Sin duda alguna esta década marcaría un antes y un después en la reciente historia de España. 
.D. Claudio Sánchez Albornoz
Madrid 1893 - Ávila 1984 
Pierre Vilar*, a propósito de las tres revoluciones de que hablaba Sánchez Albornoz, afirma que quizás en lo que más se haya avanzado es en el cambio de la mentalidad religiosa, en el sentido de que la guerra de religión, bajo la forma que tomó en 1936 –desde la llegada de la República en 1931, diría yo-, es ya inimaginable. 
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Cfr- Pierre VILAR, La guerra civil española. Editorial Crítica, Barcelona, 2006, p. 175.


        Que la Revolución social no se haya realizado no es una excepción en la Europa occidental. Por lo que respecta a la modernización de la economía, innegable aunque muy desigual, hay que decir que ha permitido la subsistencia de excesivas desigualdades, demasiadas pobrezas, demasiado paro tanto industrial como rural. En este campo no se pueden considerar excluidas nuevas condiciones revolucionarias, expresadas, tal vez, en formas diversas, más o menos agudas, estridentes y masivas, pero siempre posibles. Es una asignatura que todavía tienen pendiente nuestros políticos, sobre todo hoy, ya que formamos parte de la Comunidad Europea. 
 
               En aquel momento -seguimos anclados en la década de los 30- tenían plena aplicación a nuestra Patria, y  también a Europa, los versos con  que Dante empieza el Infierno, primer Canto de la Divina Comedia: 
   «Nel mezzo del cammin di nostra vita
 mi ritrovai per una selva oscura
  ché la diritta via era smarrita».

(“En medio del camino de nuestra vida,
  me encontré en una selva obscura
            porque mi sendero extraviado había”).


Retrato de Dante Alighieri, la ciudad de Florencia y la alegoría de la Divina Comedia, de Domenico di Michelino (1465)
El poeta, que muestra su obra abierta, está delante del paisaje simbólico de la Divina Comedia: a la izquierda, el infierno, al fondo el paraíso, al que conducen los siete círculos del purgatorio; a la derecha, la ciudad de Florencia.


       





   Esa era la verdadera situación de España -aunque nada tenía que envidiar a la de Europa-, pueshabíaperdido el Norte de su historia. Precisamente el 1 de septiembre de 1939 (ya hacía cinco mesesquehabía terminado el conflicto español), Alemania invadió Polonia, usando el pretexto de un simuladoataque polaco en un puesto fronterizo alemán. La llanura polaca ofrecía una ventaja para el desplazamiento de los blindados alemanes, aunque los bosques y las carreteras mal construidas eran problemas que hacían más arduo el avance. Alemania avanzó usando la llamada blitzkrieg o 'guerra relámpago'. El Reino Unido y Francia le dieron dos días a Alemania para retirarse de Polonia. Una vez que pasó la fecha límite, el 3 de septiembre de 1939, el Reino Unido, Australia, y Nueva Zelanda declararon la guerra a Alemania, seguidos rápidamente por Francia, Sudáfrica y Canadá. Los Estados Unidos entrarían en guerra en diciembre de 1941. No hubo coincidencia entre las dos guerras, pues la Guerra Civil española terminó el 1 de abril de 1939 y la segunda Guerra Mundial empezó, como acabo de decir, el 1 de septiembre de ese mismo año con la invasión de Polonia por parte de Alemania
.               
El apoyo, por un lado, al levantamiento militar del General Francisco Franco por parte de Italia y Alemania, con tropas y armamento, y, por el otro, el apoyo de Rusia a la República, cuyo presidente era Manuel Azaña Díaz, desafió abiertamente el Pacto de No-Intervención en el conflicto civil español, propuesto por Inglaterra y Francia.
            La aventura de las «Brigadas Internacionales», tropezó con multitud de problemas. En ellas estuvieron representadas setenta nacionalidades diversas, lo cual ya representaba un grave problema de organización y de comunicación. Por otro lado fueron recibidos con bastante dosis de frialdad por parte del gobierno español,  y con hostilidad por parte de los anarquistas en las fronteras. Pero a pesar de todo, pudieron organizarse a finales de octubre, en Albacete, donde pusieron una base a su disposición. En septiembre de 1938, Negrín anunciaba a la Sociedad de Naciones la retirada de todos los combatientes extranjeros combatientes en las filas de  las tropas republicanas.
                    
Manuel Azaña DíazAlcalá de Henares 1880 –Montauban (Francia) 1940
                                                    Juan Negrín López    Palmas de G. Canaria 1892- París 1952                                                                 
                                                                     
Al Pacto de No-Intervención adhirieron todas las potencias y naciones europeas, pero Hitler había firmado yael famoso Pacto de Acero con Mussolini, el único de los dirigentes europeos con un ideario similar al suyo. Se puede afirmar pues que la tan deseada política de no intervención no sirvió para nada, fue una farsa.



                                                                   León Trosky -1877 - 1940                                                                   
                               



José Stalin  (1879-1953)



-“¿Prefiere que su pueblo le sea leal por convicciones o por miedo?”-. Preguntó el periodista
   -“Por miedo; las convicciones cambian, el miedo no”.  Respondió Stalin.


  
 Por su parte, el gobierno republicano, a través de Julio Álvarez del Vayo, Ministro de Estado, después  de  haberse  quejado  en  varias  ocasiones  de  los  incumplimientos  del  Pacto  de  No-Intervención, busca la protección internacional y el 25 de septiembre de 1936 solicita la intervención de la Sociedad de Naciones en España. El organismo internacional, tras inútiles insistencias y forcejeos del Gobierno de la República, se desentiende finalmente haciendo caso omiso de sus quejas. Esto, en el fondo significaba que los apoyos a la República no eran tan seguros ni indiscutibles como, en un primer momento, pudieron parecer.
            Por lo que se refiere al sostén a las fuerzas franquistas fue más bien un intento de establecer en España un estado fascista, controlando así el acceso al Mediterráneo con vistas a una futura guerra europea, algo que solo les funcionó a medias. Franco resistió a esos llamamientos. En las entrevistas con Hitler en Hendaya (23 nov. 1940) y con Mussolini en Bordighera (12 feb. 1941),  se escudó en la precaria situación económica de España para evitar la entrada en guerra, pero sin romper con los jefes del Eje.



                                                 Franco y Hitler en Hendaya, 24.11.1940        

                                      
     
                                          Franco y Mussolini en Bordiguera, 12.2.1941

La guerra de Rusia permitió a Franco darles una aparente satisfacción mediante el envío de la División Azul al frente del Este, sin entrar en el conflicto. Cuando la derrota alemana apareció como posible, Franco atrajo la atención de los anglo-sajones sobre el peligro de abandonar Europa al comunismo ruso. Pero la confianza de los ingleses en su fuerza y la de Roosevelt en su superioridad técnica y estratégica sobre Stalin hicieron que tales advertencias fueran vanas.


Conferencia de Yalta (Crimea): W. Churchill, F. Roosevelt y J. Stalin – Del 4 al 11 de febrero de 1945

            La Guerra Civil española fue uno de los conflictos del siglo XX que más repercusión internacional provocó.  En el conflicto español se entrecruzaron y se enfrentaron a la vez los intereses estratégicos de las potencias y el compromiso ideológico de las grandes corrientes políticas del momento.
            Para Antony Beevor, la Guerra Civil española se conserva en el recuerdo, sobre todo, en términos enteramente humanos: el choque de ideologías, la ferocidad, la generosidad y el egoísmo, la hipocresía de diplomáticos y ministros, la traición de los ideales y las maniobras políticas y, sobre todo, el coraje y la capacidad de sacrificio de quienes lucharon en los dos bandos. La historia, que nunca está definitivamente escrita, debe seguir siempre haciéndose preguntas.
Pero volvamos a emprender el camino, sencillo, lleno tal vez de vericuetos, pero más casero, más mío, por el que fue discurriendo mi vida desde sus comienzos.   
La oscuridad envolvía nuestra piel de toro en una densa niebla, desmadejada y vapuleada por los vientos de ideologías contrapuestas de manera radical e irreconciliable. La  política derivada de ellas, la economía, la cultura, la religión, la enseñanza, el trabajo, la salud pública y tantos otros sectores de la vida comunitaria, iban a determinar el futuro de los que nacimos en las décadas de los años 30 y 40 del siglo XX. En 8 años de la primera de las citadas décadas, desde 1931 hasta 1939, dos acontecimientos de fuerte resonancia internacional sacudieron a España: la proclamación de la segunda República (14 de abril de 1931) y la Guerra Civil (18 de julio de 1936).
Recuerdo que cuando fui a la escuela grande, es decir a la de Don Dimas, que era el maestro del pueblo en aquellos años, y tenía como alumnos a todos los niños del pueblo desde los seis a los catorce años, recuerdo, digo, que nos hablaba de las cosas que estaban ocurriendo en España por aquel entonces. No se limitaba ciertamente a los últimos años, es decir, a los que iban desde el año1939, en el que terminó la Guerra Civil, continuando con los siguientes. Nos explicaba -hay que decirlo, pues así era- muy al alcance de nuestra capacidad infantil, todo lo ocurrido desde que el Yo entré en la escuela grande en el año 1944, pues entonces cumplía los 6 años, edad indicada y obligatoria para empezar la escuela grande.
Pero aquí tengo que hacer un inciso. Resulta que, por verlo, tanto en mi casa como en la de mi tía Magdalena, desde muy pequeño me entró una gran afición a la lectura. Ellas dos leían mucho. Precisamente el Diario El Debate, fundado por Don Ángel Herrera Oria, (Santander 1886 - Madrid 1968), a quien el Papa Pablo VI nombraría cardenal en 1965, siendo ya Obispo Emérito de Málaga, cuya publicación duraría desde el año 1911 hasta 1936, traía diuariamente una media página dedicada a un capítulo de una novela, que mi tía Magdalena iba reuniendo día a día.
Una vez terminada la novela la cosía y quedaba un volumen muy manejable, aunque las páginas, debido a su colocación en el periódico, quedaban apaisadas en lugar de verticales. Pero no empecía su lectura ni su manejo, ni siquiera por mis manos, aunque eran inexpertas y pequeñas propias del niño que era. Pero la existencia de esas colecciones de novelas, que mi tía tenía bien cuidadas y conservadas en el desván, me si8rvieron para mantener alimentada mi fantasía y sobre todo mis deseos de aprender a leer para poder leerlas yo por mi cuenta, ya que no tenía más que subir al desván de en cá mi tía, como solíamos decir, abrir el pequeño arca en el que las tenía recogidas y ordenadas, coger una y sentarme en la escalera que se encontraba muy cerca del arca y ponerme a leer hasta que alguien nse percataba que yo estaba allí y me llamaba para mandarme a hacer algún recado o alguna cosa, o simplemente por saber si estaba allí o no.
En aquel arca encontré, entre otras novelas: Ben Hur, de Lewis Wallace (1827-1905), militar y político norteamericano; Quo vadis?, del polaco Henryk Sienkiewicz (1846-1916); Los últimos días de Pompeya, del inglés Edward Bulwer Lytton (1803-1873); Jeromín, una novela del Padre Luis Coloma (1851-1915) sobre la vida de Don Juan de Austria, hijo bastardo del emperador Carlos V y hermano de Felipe II; las novelas de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) Doña Blanca de Navarra y Doña Urraca de Castilla. Andaba muy fuerte la novela histórica, fruto de un acentuado nacionalismo de los románticos del siglo XIX.
El hecho es que a los cuatro años ya era capaz de leer sólo con la vista sin necesidad de tener que ir pronunciando en voz alta lo que iba leyendo. De esa manera nadie me llamaba la atención y yo podía aislarme en un rincón de la cocina, al amor de la lumbre, o en la salilla, sentado a la mesa camilla y leer tranquilamente. De ahí que yo pasara el año 1943 como un alma en pena pues ocurrieron varias cosas ese año
A las 3 de la tarde del día 14 de abril de 1931 se izó en Madrid la primera bandera repúblicana que tremoló en el Palacio de Comunicaciones. La curiosidad que esta aparición inusitada provocó entre la población madrileña fue enorme, curiosidad que, al conocer el alcance de esa aparición, se convirtió en una explosión de entusiasmo. La toma del poder de parte del Gobierno provisional era una realidad.*
Nuevos vientos anunciaban nuevas y amenazadoras tempestades, a pesar de que los primeros días de la república no fueron muy desastrosos y el comportamiento de las masas, especialmente en Madrid, no revistió caracteres inquietantes, pues acogieron la nueva situación al aire de verbenas  y de chotis parranderos. No obstante, pudieron observarse atisbos de anticlericalismo que se irían acentuando y exacerbando con el pasar de los días.
Todas estas noticias se fueron expandiendo por la península  y esa expansión iba dibujando líneas divisorias en la opinión de la gente, llevándola a optar, con frecuencia de manera activa, por uno de los dos bandos que se iban perfilando de manera neta y antagónica, aunque ya existían como tendencias claras y radicalmente opuestas : izquierdas y derechas. La reacción y la “afiliación”, por decirlo de alguna manera, a alguna de estas corrientes, fue inmediata, una vez conocida la formación del Gobierno provisional. Madrid se precipitó a destruir, a hacer desaparecer o a esconder los signos y símbolos alusivos a la monarquía. Los nombres e insignias  que de alguna manera pudieran comprometer a los que los ostentaban en sus restaurantes, fondas, teatros, etc. El mismo destino, en este caso en forma de destrucción y desmoronamiento, cupo a las estatuas que el pueblo, lanzado alborozadamente a la calle, consiguió derribar de manera implacable. Un busto de bronce de Primo de Rivera fue colgado en el balcón del Palacio de la Gobernación. Las banderas republicanas se multiplicaron extendiéndose por balcones, casas y palacios, especialmente los destinados a sede de instituciones estatales, como ayuntamientos, escuelas y demás edificios públicos.
El pueblo de Madrid, dotado de una ironía fina y al mismo tiempo cáustica y mordaz, no escatimaron su sátira punzante al rey Alfonso XIII y a su esposa, la reina Victoria Eugenia, pero sin excederse en una crueldad exagerada. Los consejeros y personas de confianza de los Reyes, les exhortaron a dejar la Corte y autoexiliarse pare evitar un inútil y doloroso  derramamiento de sangre.
 El entusiasmo de la juventud de Madrid se prolongó durante 26 horas seguidas. No obstante, su comportamiernto y su disciplina fueron admirables. En las masivas algaradas de la Puerta del Sol cantaban a voz en grito el Himno de Riego, La Internacional y La Marsellesa.
De todo lo que ocurrió en Madrid y luego en las diversas ciudades de España como Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla, pudieron enterarse en mi pueblo, tanto mi abuelo Pepe, como sus hijos, en especial mi tío Guillermo, maestro nacional y Secretario del Ayuntamiento del pueblo, ya que desde hacía varios años recibían el diario madrileño El Debate. Este periódico católico aparece en Madrid en 1911, terminando su singladura informativa en 1936. El fundador, Don Ángel Herrera Oria (Santander 1886 - Madrid 1968), fue creado Cardenal, siendo obispo de Málaga, por el Papa Pablo VI en 1965. **
Esto quiere decir que en los corrillos de hombres que al caer de la tarde se formaban en el Corralillo, la plaza del pueblo, costumbre ancestral de nuestros hombres al volver del diario trabajo agropecuario, se trataban también los temas


Julio Álvarez del Vayo, jurista, periodista, diplomático y político español (1891-1975), acuñó una frase, frecuentemente citada, a propósito de nuestro conflicto bélico: «La guerra de España fue la primera batalla de la segunda guerra mundial».  «Prueba de ello, afirma Pierre Vilar en su libro La guerra civil española (3ª Ed. 2006), es que Hitler y Mussolini esperaron a su fin para entrar en Praga y en Tirana, y Stalin para anunciar que “él no sacaría las castañas del fuego” a las potencias occidentales». Y añade: «En 1945, el mantenimiento de Franco al frente de España será un primer acto de “guerra fría”. No me parece -termina diciendo Pierre Vilar- que, en las historias generales del siglo XX, este papel revelador de los hechos españoles sea subrayado generalmente como convendría».

Paul Preston, en su obra La guerra civil española (5ª Ed. 2006), afirma, refiriéndose a la resonancia mundial de este conflicto, fraguado en el interior de una nación, que «a escala geográfica y humana y dejando aparte los horrores tecnológicos, la Guerra Civil se ha visto empequeñecida por conflictos posteriores. No obstante, ha generado alrededor de quince mil libros, epitafio literario equiparable al de la Segunda Guerra Mundial». Además, «…en consecuencia, la Guerra Civil española ha quedado grabada a fuego en la conciencia europea, no sólo como el ensayo de una guerra mundial de mayores dimensiones que se iba a producir más tarde, sino como un presagio de la apertura de las compuertas de una nueva y horrible forma de guerra moderna, universalmente temida». Se refiere al bombardeo aéreo llevado a cabo por la alemana Legión Cóndor y la Aviación Legionaria italiana el 26 de abril de 1937.

Para Europa, los logros culturales y educativos de la República eran sólo los aspectos más conocidos de una revolución social que tuvo más impacto en el mundo contemporáneo que los de Cuba o Chile en los años sesenta. Y es que España no sólo era cercana, sino que sus experimentos sociales se realizaron en un contexto de desencanto generalizado respecto a los errores del capitalismo. En 1945 la lucha contra el Eje Berlín-Roma, de 1936, extendido luego a Tokio en 1940, estaba íntimamente ligada a la conservación del viejo mundo. Por el contrario, durante la Guerra Civil española la lucha contra el fascismo se veía, simplemente, como el primer paso para la construcción de un nuevo mundo igualitario y libre de los males de la Depresión. A pesar de todo, era y es fuente de estímulo, afirma Paul Preston, el modo en que la clase obrera española se enfrentó a la doble tarea de de combatir el viejo orden y construir uno nuevo.

            La pregunta que viene espontánea es: ¿Cómo habría sido España (y los españoles, claro) si hubieran ganado la guerra los republicanos? ¿Estamos seguros de que se habrían resuelto de manera más cumplida las tres revoluciones –religiosa, política y social- indicadas por Don Claudio Sánchez Albornoz? Son preguntas que, naturalmente, quedan sin respuesta. Y quedan sin respuesta porque se trata de lo que se llama un futurible y que puede responder a esta pregunta ¿Qué habría ocurrido si se hubieran dado unas condiciones diversas a las que en realidad se dieron? Se trata, pues, de algo que no se dio en su momento y por ende nunca se dará.
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* Cfr. Josep PLA, La segunda república española, Ediciones Destino. Barcelona, 2006, p. 57 ss.
** Cfr. Mi escrito Calle de Vegazo, 2 - III. El Coyote y las novelas por entregas.                                                                              
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La respuesta, sin embargo, trata de pergeñarla el historiador inglés Antony Beevor en su libro La Guerra Civil Española (Ed. Crítica, Barcelona, 2005, pag. 682) respondiendo a su propia pregunta, que él mismo considera pertinente y que formula de esta manera: «¿Qué habría salido de una victoria republicana?». Ésta es su respuesta: «Cualquiera que hubiera sido el gobierno en el poder, los años de postguerra habrían sido tiempos de penalidades, pero todo cuanto sucediera después habría dependido de la forma de régimen que hubiera tenido España». Para Beevor un Gobierno democrático «habría recibido con toda seguridad, en 1948, la ayuda del plan Marshall de Estados Unidos». El historiador inglés continúa diciendo que con una economía razonablemente abierta, la recuperación habría comenzado, con mucha probabilidad hacia 1950, como sucedió en el resto de Europa occidental.  «Pero con un gobierno autoritario de izquierdas, quizás abiertamente comunista, España probablemente hubiera quedado reducida a un estado similar al de las repúblicas populares centroeuropeas o balcánicas hasta después de 1989».

Quizás la dictadura franquista fue lo menos malo que nos podía ocurrir. Demasiado larga, eso sí. La verdad que nunca es de desear. Pero si creemos en la Providencia y en los méritos humanos, la Providencia nos dio lo que merecíamos, todos.

La verdad es que ya desde los albores de la década de los 30, es decir, desde la implantación de la segunda República el 14 de abril de 1931, España, que venía viviendo una etapa de descarrío absoluto, de desenfreno republicano, había vuelto sus armas contra sí misma, encenagándose en una lucha fratricida, cruel, sangrienta y sin sentido. La oscuridad más tenebrosa había envuelto nuestros horizontes. Ni siquiera se vislumbraba un destello luminoso a lo lejos. Parecía haber entrado en un túnel, cuya salida no se entreveía, y ni siquiera se sabía si tal salida existía. España  había  perdido  la  vereda,  la vía -aún no muy segura- que, con tantas dificultades y con tanto afanoso agín, había venido construyendo a lo largo de su historia reciente, sobre todo desde la pérdida de las colonias de ultramar, en el primer tercio del siglo XIX, y de finales del mismo siglo, con el desastre de Cuba y Filipinas en 1898.

La gente del pueblo seguía el desarrollo de la guerra con retraso, debido a la falta de medios de información. Las noticias eran muy escasas e incompletas. No había aparatos de radio ni llegaba la prensa.

Por otro lado, el periódico El Debate, al que estaban subscritos mi abuelo Felipe (tío Pepito) y mi tío Guillermo, que era el secretario del pueblo, había dejado de salir ya en el año 1936. Fue fundado por Guillermo Rivas durante la controversia originada por el denominado proyecto de Ley del Candado que prohibía la creación de más órdenes religiosas en España. Fue promulgada en 1910 por el presidente del gobierno español José Canalejas Méndez (1910-1912). El periódico apareció el 1 de octubre de 1910 con el subtitulo de Diario de la Mañana, Católico e Independiente. Tras una gestión poco acertada durante sus primeros meses fue vendido a la Editorial Vizcaína y a Ángel Herrera Oria y a su Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNdP) en octubre de 1911, aportando cada una de las dos partes 50.000 pesetas. Herrera Oria fue el director del periódico desde 1911 hasta 1933 (cuando fue sucedido por Francisco de Luis). En 1912, la Editorial Vizcaína abandonó el diario en favor de la ACNdP, la cual se hizo con el control absoluto del periódico y creó, inmediatamente después, La Editorial Católica.

            En 1935, La Editorial Católica adquirió una moderna rotativa, situada en el número 4 de la calle de Alfonso XI, en la que se pasó a imprimir El Debate y un periódico de nueva creación, el vespertino Ya. Se calcula que en 1936 tenía una tirada diaria de unos 80.000 ejemplares.

            El último número de El Debate salió a la calle el 19 de julio de 1936. Ese mismo día, el gobierno de la República divulgó a través de Unión Radio la incautación del periódico:

                      Los periódicos Ya, El Debate, Informaciones, El Siglo Futuro y ABC han sido incautados por el Gobierno, pasando a ser propiedad del Estado. Se ha encargado de la dirección y redacción de dichos periódicos a periodistas de reconocida filiación republicana. El pueblo debe respetar dicha propiedad, que ha dejado de ser particular. Los periódicos serán publicados en todo conforme al régimen republicano.

Esta era la situación de la información en aquellos días, o en aquellos años. Una información manipulada, tamizada y dirigida por el gobierno republicano. No olvidemos que estos periódicos fueron incautados al día siguiente de la sublevación de Franco contra el gobierno de la República. Conviene recordar también que Unión Radio fue una empresa fundada en noviembre de 1924 por Ricardo Urgoiti, con la participación de las primeras empresas eléctricas españolas, dedicada a la radiodifusión en Madrid al amparo de la primera legislación realizada por el gobierno de Miguel Primo de Rivera, bajo el reinado de Alfonso XIII de España. La emisora EAJ-7 Unión Radio Madrid (embrión de la Cadena SER), comenzó fue inaugurada el 17 de junio de 1925, entre fuertes críticas que la acusaban de monopolio. Estuvo presente en la inauguración el Rey Alfonso XIII. Fue la primera de las emisoras de radio que consiguió crear una cadena de emisoras en España, entre 1925 y 1930.

Pero en Puerto Castilla, como en la mayoría de los pueblos y zonas rurales, no había aparatos de radio, ni siquiera corriente eléctrica. Los mercados de los lunes en Barco de Ávila eran la fuente más abundante, dentro de la escasez de noticias que llegaban, de que podían disponer los serranos del Aravalle, a veces con sabores de leyenda en la narración de las batallas y de los avances de los diversos frentes. Muchas familias del pueblo y de las aldeas de alrededor tenían soldados en el frente: maridos, hijos, hermanos.

 Muy de tarde en tarde llegaba alguna carta procedente precisamente de alguno de los frentes en la que, con caligrafía  desigual e insegura, el soldado hablaba de sí, de su vida en el frente, de lo que oía, de si se hablaba de que la guerra iba a terminar muy pronto, de que su compañía había tomado un pueblo grande en una zona importante de la llanura manchega o en las cercanías de Madrid. La carta terminaba siempre arrancando lágrimas a la madre del soldado, a las hermanas y a las mujeres todas de la familia, y también a las vecinas, mientras comentaban lo trasto que había sido de chico… y ahora era un valiente soldado, leal, fiel y obediente, que defendía a la Patria en el frente, no importaba en cuál, si de los nacionales o de los republicanos. La verdad era que había pocos soldados del pueblo alistados en las filas republicanas, pues cuando estalló la guerra, esta parte central de la península quedó en la denominada “zona nacional”, en oposición a “zona republicana”.


Hubo un caso que constituye una excepción palpable. Precisamente tía Barbera, la madre de Paquillo el Barbero, que, además de cortar el pelo y afeitar la barba, sacaba dientes y muelas a tirón limpio, sin anestesia ni nada -algo de eso me tocó a mí también, pues fui su paciente (nunca mejor dicho) en más de una ocasión-, tía Barbera, digo, tenía cuatro hijos varones. Uno estaba con ella en el pueblo, era Paquillo; los otros tres se habían ido a trabajar fuera y vivían en Madrid. Y como todos estaban en edad de alistamiento, los tres que residían en Madrid sirvieron a la Patria, como se solía decir, en el bando republicano, mientras que Paquillo lo hizo en el bando nacional. Los tres de Madrid murieron en batalla. Paquillo, volvió a casa, maltrecho y enfermizo, pero volvió. De los cuatro, al menos quedó uno. Por eso tía Barbera vivía contenta con su hijo Paquillo, aunque de vez en cuando, cuando recordaba a los tres hijos muertos en batalla en la zona roja,  un suspiro profundo de dolor resignado y de tristeza se escapaba de su pecho. Una lágrima, le solía resbalar por mejillas cada vez que esto sucedía y que ella se apresuraba a enjugar con el pañuelo que disimuladamente sacaba del bolsillo de su mandil y con la misma rapidez volvía a depositarlo en él.


Fin de la 1ª entrega de esta mi autobiografía y sus circunstancias
Guillermo Martín Rodríguez